CUANDO LOS PROBLEMAS DE PLATA TIENEN QUE VER CON LAS EMOCIONES

"Me tengo un enredo de plata, que no sé como he hecho para lograr lo que tengo". Cuando Gimena me dijo eso inmediatamente asumí que tenía deudas, porque es el “enredo” más común en cuestiones de dinero. Y conforme me fue contando el resto de la historia, entendí que ese enredo era más profundo que números, cuentas, facturas, recibos y deudas.

Gimena tiene una historia de vida que ha moldeado su percepción del dinero. Es una mujer súper empunchada, emprendedora, inteligente, y el tipo de personas que todos buscan para que ayude a solucionar problemas… y justo ahí nacen sus problemas de dinero. Gimena creció con la presión familiar y social de resolver las cosas a como diera lugar, esa parte era “importantísima” para formar carácter y dar ejemplo como hermana mayor. Su papá le enseñó que aunque fuera a brincos y a saltos había que salir adelante, que el dinero no era preocupación porque Dios siempre provee a los que sudan la gota gorda y que apenas tuviera oportunidad se fuera haciendo de sus cosas, que aprovechara las oportunidades porque son pocas y si no las aprovechaba después se iba a lamentar. Y esas palabras de motivación dichas con muy buena intención fueron creando estructuras mentales que 50 años después se iban a traducir en un cúmulo de decisiones apasionadas, impulsivas y hasta ilusas que hundirían a Gimena en un estrés abismal lleno de sentimientos de insatisfacción.

Apenas salió de la universidad pidió plata prestada al primero que le dijo que sí para ponerse un negocio. El negocio empezó a prosperar y ella empezó a acostumbrarse a ver dinero llegar todos los días, y eso le abrió un mar de oportunidades. Tuvo muchas carencias materiales en su vida que desde que empezó a hacer plata se encargó de satisfacer al triple. Reconoce que tiene más ropa y zapatos de los que necesita. Sabe que le ha dado a sus hijos un estilo de vida que no podría costear si no se endeudara y admite que para ella el dinero es un "vehículo” para manejar el mundo. Si le piden prestado y no tiene, ella hace lo que pueda, así sea endeudarse, para poder ayudar, simplemente no puede decir que no (y las personas a su alrededor lo saben), porque hay que ayudar. Cada idea nueva de negocio la piensa, la moldea y la persigue hasta que la hace realidad, así sea hasta “hipotecar la manera de andar". Día con día su astucia es puesta a prueba, para vender más, para retrasar el pago y poder comprar aquello, para que Fulano le preste para pagarle a Sutano, porque a Fulano después le ofrece un canje mientras que Mengano le paga, porque Dios siempre le va a ayudar. Y “las deudas aunque hubiera plata era mejor pagarlas poco a poco, porque al dinero se le da vuelta", con eso se convencía cada vez que compraba una cosa nueva, ya que le decía que sí a todo y a todos. Así se sentía útil y no dejaba pasar oportunidad.

Y así ha sido su vida… Enredo tras enredo, sin realmente disfrutar y sentirse satisfecha, con una incertidumbre que no es posible calmar. No está acostumbrada a planear, si no a actuar y de inmediato. No cuestiona si se puede o no, para ella la pregunta es "qué necesito para hacerlo?” No le gusta depender de otros, prefiere resolver todo sola y no dar cabida a la vulnerabilidad porque el sentimiento de ser incapaz de lograr algo no le conviene, porque después se aprovechan de ella. En resumen, primero una opinión se volvió idea, y esa idea se convirtió en creencia y esa creencia se transformó en un sentimiento, y ese sentimiento estaba presente en cada una de sus malas y constantes decisiones financieras.

La situación de Gimena claramente no se arreglaba con el mejor presupuesto o herramienta de control de gasto. La solución era necesaria trabajarla desde su interior, desenmascarando el por qué de sus decisiones impulsivas. Tenía que empezar a planear un futuro; un viaje que era necesario disfrutar, y más plata no era la solución. Tenía que entender su relación con el dinero, derribar sus fortalezas mentales alrededor de cómo y cuándo lograr sus sueños y conocer de lo que realmente era capaz. Tuvo que bajar las revoluciones, plantearse metas, crear un plan y respetarlo… y sobre todo aprendió a no "meterse zancadillas sola", porque al final le tocaba levantarse sola. Y al final me dijo: “ahora entiendo que Dios no lo hace por mí, lo hace conmigo".

Rosa Gomez